La ciencia en la URSS siempre estuvo a un alto nivel. Pero, no todos pueden imaginar que los descubrimientos científicos iban a ir con frecuencia de la mano con experimentos conmovedores por su carácter cruel y por ende, inhumano. Ahí están por ejemplo los experimentos del famoso fisiólogo soviético Serguéi Briujonenko.
Este científico fue el primer creador, en el mundo, de un aparato para la circulación artificial de la sangre. Gracias a Serguéi Briujonenko iban a ser posibles, posteriormente, operaciones quirúrgicas complicadísimas que requerían el mantenimiento de la vitalidad del organismo, sin el corazón funcionando, con la circulación artificial de la sangre. Pero, todo aquello no habría sido posible si, a principios del siglo XX, el científico obsesionado por la idea de salvar a los pacientes vivos no hubiese llevado a cabo unos cuantos experimentos que hacen perder el habla a toda persona normal.
El 1928 llegó a cabo su legendario experimento de revivir la cabeza amputada de un perro. Y en 1940, en la URSS fue presentado un documental titulado, Experimentos sobre la reanimación del organismo, en el que mostraba a los espectadores como científicos no solo mantenían la vida, sino también la conciencia en la cabeza decapitada de un noble can, durante unas cuantas horas, gracias al mecanismo de la circulación artificial de la sangre.
Francamente hablando, cuesta mirar esas escenas con serenidad, sobre todo en los momentos en que ves que el animal se encuentra con plena conciencia, contando para ello, de lo recibido al nacer, solo la cabeza decapitada, a la que están conectadas manguerillas transparentes.
El experimentador muestra como el perro, o lo que queda de él más exactamente, reacciona a los estímulos externos, tales como la luz, pues el animalito cierra los ojos. O ante el sonido, para con lo martillean junto a sus orejas un objeto metálico, lo que lo asusta sobremanera y desea esconderse. O ante sensaciones táctiles, para lo que acercan a la nariz un palillo untado en extracto de limón, y el pobre se empeña en librarse de aquello sacudiendo la cabeza.
A esa altura más de alguien se preguntaba: si el perro ve y siente todo, significa que debe sufrir un dolor inmenso a causa de la amputación de su cuerpo. La medicina y el sadismo y la crueldad dosificadas fueron siempre a la par, como la vida de la muerte. Otro cantar es que los científicos perciben esto de manera muy distinta de nosotros. He aquí lo que escribía Serguéi Briujonenko con respecto a su experimento:
Movimientos singularmente activos partían a causa de la irritación de la sonda introducida en la fosa nasal. Aquella irritación originaba en la cabeza una reacción enérgica y prolongada tal que incluso comenzó a chorrear sangre del lugar de la decapitación y las tuberías unidas a sus vasos estuvieron a punto de desconectarse, por lo que hubo que sujetar con las manos la cabeza sobre el plato. Daba la impresión que la cabeza del perro trataba de librarse de la sonda introducida en la fosa nasal. La cabeza abrió unas cuantas veces el hocico como si intentara ladrar y aullar.
Como regla general, la cabeza del animal decapitada por los científicos podía vivir unas tres o cuatro horas, posiblemente más de haberle inyectado analgésicos. No fueron pocos los experimentos realizados de esa naturaleza. Por ejemplo, un discípulo de Briujonenko, patriarca de la trasplantología mundial, Vladímir Demijov, trasplantó cabezas de quiltros en cuerpos de perros adultos. Resultaban mutantes vivos bicéfalos, cuyas fotografías ponen los pelos de punta literalmente. La fisióloga Anna Semeniuk explicaba:
Los experimentos de Briujonenko con la cabeza amputada iban a servir de manual para los futuros médicos, pues explican estructuración del organismo de los mamíferos y prueba que el cerebro puede conservar y mantener no solo la vitalidad, sino que además la actividad pensante, estando incluso separado del cuerpo, con la ayuda de aparato de circulación sanguínea. Aquello fue todo un avance en la medicina, y ello porque quedó probado, experimentalmente, que es posible la “resurrección” del hombre después de su muerte.
Aquello marcó el inicio de la era de los trasplantes, hizo posible las operaciones a corazón abierto, además de la creación de órganos artificiales. Los experimentos de Briujonenko en animales no deben ser considerados torturas inhumanas contra nuestros hermanos menores. Es cierto que ellos fueron muy radicales, pero gracias a ellos han sido salvadas cientos de miles de vidas humanas.
Resumiendo, hoy no tiene sentido debatir hasta qué grado fueron inhumanos tales experimentos. Ellos no se realizaron en vano y perseguían un objetivo noble. Los científicos se guiaban por un principio de Maquiavelo, de que “el fin justifica los medios”. Ellos trabajaron para que las futuras generaciones vivan mejor que las anteriores, aunque a un precio caro.
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